22/06/2026
EL SUICIDIO Y LA BATALLA CULTURAL. La salud mental es una cuestión política. Suicidio, organización social y quiebre de los vínculos en la Argentina contemporánea
En 2023, 4195 jóvenes argentinos de entre 15 y 24 años se suicidaron. Para 2025, los casos treparon a 5300, convirtiéndose en la principal causa de muerte violenta del país y superando ampliamente a los homicidios. La tasa nacional pasó de valores cercanos a 7,4 suicidios por cada 100.000 habitantes en 2015 a casi 9,8 en 2023. ¿Estamos construyendo una sociedad que ayuda a las personas a encontrar razones para vivir o una sociedad que las obliga a sobrevivir solas?
Por Universidad Popular La Rioja
Durante mucho tiempo, el suicidio fue abordado principalmente como un problema de salud mental. La explicación dominante buscó las causas en el individuo: sus emociones, sus conflictos internos, sus trastornos psicológicos o psiquiátricos.
Sin negar la importancia de estos factores, esta mirada resulta insuficiente para comprender un fenómeno que afecta simultáneamente a miles de personas y cuya incidencia varía según las transformaciones económicas, culturales y sociales de cada época.
La pregunta entonces deja de ser únicamente: ¿Qué le ocurre a una persona para quitarse la vida? Y pasa a ser también: ¿Qué le ocurre a una sociedad cuando cada vez más personas dejan de encontrar razones para vivir?
Desde esta perspectiva, el suicidio deja de ser solamente un problema sanitario y comienza a revelarse como un problema político.
No porque la política determine mecánicamente las decisiones individuales, sino porque toda sociedad organiza determinadas formas de vivir, de vincularse, de competir, de cooperar, de proyectar el futuro y de otorgar sentido a la existencia.
// El modelo de individuo que produce una sociedad
Toda cultura transmite una idea acerca de qué significa ser una persona exitosa. Existen sociedades que ponen el acento en la comunidad, la reciprocidad y el bien común. Otras colocan en el centro la competencia individual, la acumulación material y la autosuficiencia.
Ninguna de estas ideas es neutral. Todas producen efectos concretos sobre la vida cotidiana.
Cuando una sociedad afirma permanentemente que cada individuo es el único responsable de su destino, el éxito se convierte en mérito exclusivamente personal y el fracaso en culpa exclusivamente individual.
La pobreza deja de ser un problema social para convertirse en una falla personal.
La exclusión deja de ser una responsabilidad colectiva para transformarse en una derrota individual.
La soledad deja de ser una consecuencia de la fragmentación social para convertirse en incapacidad de adaptación.
En ese contexto, millones de personas cargan en soledad problemas que en realidad son colectivos.
// La desesperanza como fenómeno político
Los seres humanos no viven solamente de ingresos, consumo o satisfacción material. Necesitan también: Sentido. Reconocimiento. Pertenencia. Comunidad. Futuro.
Cuando una sociedad destruye sistemáticamente estos elementos, aparece una forma de sufrimiento que ninguna medicación puede resolver por sí sola. Porque el problema no reside únicamente en la mente de los individuos.
Reside también en la forma en que organizamos nuestra convivencia. La desesperanza no es solamente un estado psicológico. Puede convertirse en una consecuencia social.
Y cuando se vuelve masiva, deja de ser un problema privado para transformarse en una cuestión pública.
// La batalla cultural de nuestro tiempo
Por eso el debate sobre el suicidio termina conectándose con la llamada batalla cultural. La verdadera discusión no es solamente económica. Es antropológica.
¿Qué es un ser humano?, ¿Un competidor aislado en un mercado?, ¿O un ser profundamente vinculado a otros?
¿Qué es una comunidad?, ¿Una suma de individuos persiguiendo intereses privados?, ¿O una construcción colectiva donde el bienestar de cada persona depende también del bienestar de los demás?
¿Qué entendemos por libertad?, ¿La ausencia absoluta de obligaciones hacia otros?, ¿O la capacidad de desarrollarnos plenamente dentro de una comunidad que nos sostiene?
Detrás de estas preguntas se enfrentan proyectos de sociedad diferentes.
// El derecho a tener futuro
Una de las características más preocupantes de nuestro tiempo es la dificultad creciente para imaginar el futuro.
Muchos jóvenes sienten que estudian sin garantías. Trabajan sin estabilidad. Se endeudan para sobrevivir. Habitan vínculos cada vez más frágiles. Y perciben que los problemas colectivos recaen exclusivamente sobre sus espaldas.
Cuando una sociedad pierde la capacidad de ofrecer horizontes compartidos, también pierde una de sus principales fuentes de esperanza.
Y sin esperanza resulta difícil sostener proyectos de vida.
// La comunidad como respuesta política
Si el suicidio posee una dimensión social, la respuesta no puede limitarse exclusivamente al tratamiento individual.
También requiere reconstruir comunidad. Fortalecer organizaciones barriales. Multiplicar espacios deportivos, culturales y educativos. Promover formas de participación ciudadana. Recuperar la solidaridad como valor social. Y generar proyectos colectivos capaces de devolver sentido y pertenencia.
La prevención del suicidio no comienza únicamente en un consultorio. Comienza cuando una persona encuentra un lugar donde es escuchada. Cuando descubre que es necesaria. Cuando siente que forma parte de algo más grande que ella misma.
// Una pregunta para la política
Tal vez la discusión más profunda no sea cuántos suicidios ocurren cada año.
La discusión verdaderamente política es otra: ¿Estamos construyendo una sociedad que ayuda a las personas a encontrar razones para vivir o una sociedad que las obliga a sobrevivir solas?
Porque detrás de cada modelo económico existe una idea de ser humano.
Detrás de cada batalla cultural existe una idea de comunidad.
Y detrás de cada proyecto político existe una respuesta, explícita o implícita, a la pregunta más importante de todas: ¿Para qué vale la pena vivir juntos?.