14/10/2017
Te invitamos a leer APRENDER por la alumna de la Lic. en Comunicación Social y miembro de este proyecto Verónica Caliva. La crónica que movió nuestros corazones.
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Aprender
Era viernes por la mañana. Los rayos del sol casi se perdían entre medio de la brisa fría que a mis compañeras y a mí, nos hacia bailar el pelo, encoger los hombros y ceñir los dientes.
Con muchos preparativos previos y con ansiedad, fue que esa mañana, llegamos a la Escuela Nº 412 “Papa Francisco”. El propósito era presentar en ese colegio, el Proyecto Transmedia elaborado por una cátedra de la Carrera de Comunicación Social de la UNLaR, que consiste, en reivindicar a Victoria Romero; una mujer federal riojana de los años 80’, que defendió entre balas y lanzas a su tierra.
Esa era la intención. Dejar presente e intacta en cada alumno de primer y segundo grado, la figura de Victoria y la importancia de su trayectoria en la historia de La Rioja.
Era la primera intervención en un colegio, los nervios se aposentaron en nosotras, pero entre menos pensarlo; ya estábamos adentro. Cuando vi la estructura del colegio y a los alumnos prepararse para recibirnos, me di cuenta que el proyecto iba más allá de lo propuesto.
Una típica escuela de barrio, marginada del centro de la ciudad. Se escuchaba el eco de risas, de nombres y palabras sueltas que se perdían en el silencio y en el enorme patio que rodeaba a las aulas.
Entramos a la sala, las niñas y los niños sentados nos escuchaban, mientras en lo bajo murmuraban y nos observaban con incertidumbre. Les contamos sobre Victoria, les hablamos de su vida y les mostramos un video. Luego, les pedimos que en una hoja dibujaran el personaje. Debían imaginarla, y así tal cual lo hicieran plasmarla sobre el papel.
Maxi, era el nene que se ubicaba en frente del pizarrón y quien más hablaba. Me llamó la atención su forma de pensar, dice que estudia todos los días porque el país cambia a cada rato. Y que cuando sea grande quiere pelear como El Chacho Peñaloza, para defender a La Rioja. Me contó a qué hora hace la tarea, que matemáticas le gusta más que lengua y que andar en bicicleta es su pasión.
Unos pasos más atrás de Maxi, lo vi a Francisco, y me acerque a él. Ya había terminado su dibujo, pero no lo entregaba; de hecho no lo había pintado, o si, el dibujo estaba pintado con negro y rojo. Faltaba colocarle su nombre. Le consulté, si su dibujo de Victoria, El Chacho y ese caballo tan bien trazado, estaba listo. Y con el movimiento de su cabecita me dijo que sí.
Le pedí de favor, que le colocara su nombre. Y él agacho la mirada. Supuse que no sabía escribirlo, entonces le escribí el nombre en la hoja para que él lo copiara debajo. Y con su vocecita casi imperceptible me dijo: “Yo me olvido como escribir mi nombre. Pinte todo rojo porque es el único lápiz de color que tengo”. Después de esa frase, fui yo quien bajo la mirada, y busque su cartuchera sobre la mesa, pero no la encontré, en su manito pequeña y frágil tenía dos lápices: el rojo y el negro de escribir.
Así como Maxi, había más compañeritos y compañeritas de él, que sueñan con ejercer distintas profesiones e ir a la universidad. Con tan tierna inocencia, antes de retirarnos nos fundieron en un abrazo, como agradeciéndonos haber ido por ellos, y como haciéndonos saber que en el margen de la ciudad, también hay talentos y capacidades para explotar.
Tengo la certeza, de que nuestro objetivo como autores del proyecto, un 80 por ciento se concretó. Lo que jamás pensé, es que el 20 por ciento restante, lo completara alguien tan diminuto como Francisco, quien me recordó el valor de las cosas simples y me transmitió una enseñanza que no se compara con las expectativas que me acompañaban ese viernes por la mañana.