Laboratorio de Biología Molecular, CNESC

Laboratorio de Biología Molecular, CNESC Este es un espacio para promover la colaboración en el campo científico y tecnológico, especialme

Objetivo:

El objetivo es contribuir con el desarrollo de la biología molecular aplicada a especies tropicales, mediante el estímulo y el fortalecimiento de la investigación, la extensión y la docencia a nivel nacional e internacional. Componente de Extensión:
En términos generales comprenden la asesoría y capacitación en Biología Molecular enfocada hacia la investigación y desarrollo tecnológi

co de sectores productivos y académicos. También se brindan charlas y exposiciones para diferentes grupos organizados, colegios y asociaciones nacionales que visitan las instalaciones de la unidad. Componente de Extensión con mayor detalle:

-Diagnóstico molecular temprano de enfermedades en cultivos de interés agrícola:

ELISA para virus y bacterias (tiquisque, orquídeas, cítricos, camote). Determinación y cuantificación de patógenos (tejido animal, plantas y suelo) por medio de técnicas moleculares (PCR, RT-PCR y qPCR). Se han generado experiencias en la detección de dos virus en orquídeas-Virus del Mosaico del Cymbidium (CymMV) y el Virus de la Mancha Anillada del Odontoglossum (ORSV) y en la detección de la bacteria HLB (Dragón amarillo) en cítricos- trabajo desarrollado de forma colavorativa con TicoFrut.

-Mejoramiento genético no convencional de especies tropicales-Desarrollo de nuevas variedades a través del uso de diferentes técnicas no convencionales y de Ingeniería Genética, como por ejemplo: biobalística, fusión de protoplastos, micromanipulación y microinyección de células, así como electroporación.

-Colaboración en pruebas de análisis para el manejo fitosanitario de cultivares desarrollados in vitro (en conjunto con el Laboratorio de Biotecnología).

-Cuantificación de los niveles de expresión de genes en tejidos biológicos de organismos animales y vegetales sometidos a diferentes condiciones ambientales o experimentales.

-Charlas y exposiciones para diferentes grupos organizados, colegios y asociaciones nacionales que visitan las instalaciones de la unidad-(Laboratorios de Biotecnología y Biología Molecular).

Áreas de Investigación:
-Estudio de las interacciones insecto-planta-patógeno.
-Mejoramiento genético no convencional de especies tropicales de interés agrícola.
-Caracterización molecular de especies de plantas y animales (certificación varietal).
-Producción de plantas libres de plagas y enfermedades (se desarrolla conjuntamente con el Laboratorio de Biotecnología).
- En raíces y tubérculos tropicales.
- En orquídeas ornamentales y vainilla.
-Establecimiento de sistemas de detección de enfermedades.

03/06/2026
12/05/2026

Un análisis de millones de publicaciones científicas presentado en Nature muestra que los investigadores de mayor edad tienden a citar menos trabajo ajeno y a reutilizar sus propios marcos teóricos previos

19/03/2026

¿Por qué aún no estamos dispuestos siquiera a estudiar seriamente la posibilidad de que el dueño del monte vuelva a caminar por nuestros paisajes?

20/02/2026

En el metro de San Petersburgo, podría pasar por un fantasma con una chaqueta gastada. Con la barba descuidada y los zapatos marcados por el tiempo, los pasajeros lo esquivan, suponiendo que es solo otro hombre intentando sobrevivir, quizá incluso sin hogar. No imaginan que el hombre que se aferra a la barra junto a ellos es una leyenda moderna, una mente que logró lo que durante más de un siglo se consideró imposible.

Es Grigori Perelman, el hombre que vio un millón de dólares y decidió que su integridad valía más.

Durante más de cien años, la conjetura de Poincaré fue el “Santo Grial” de las matemáticas. Desde 1904, perseguía a los mayores pensadores del mundo: un problema tan complejo que tocaba la estructura misma del espacio. Resolverlo significaba un lugar eterno en la historia de la ciencia. Y para endulzar el reto, el Clay Mathematics Institute ofreció un premio de 1 millón de dólares por su solución.

A comienzos de los años 2000, Perelman no solo la resolvió: la desarmó pieza por pieza. Pero no lo hizo por los reflectores. No buscó revistas prestigiosas ni organizó grandes ruedas de prensa. En lugar de eso, subió su demostración a un servidor público y gratuito, y la dejó allí para que el mundo la encontrara. Para Perelman, lo único que importaba era la verdad matemática, no los aplausos.

Cuando la comunidad científica verificó que su trabajo era sólido, los reconocimientos empezaron a llegar. En 2006, le otorgaron la Medalla Fields, el premio más prestigioso de las matemáticas. La rechazó.

En 2010, el Clay Mathematics Institute llegó con el cheque del millón de dólares. También lo rechazó.

Su explicación fue tan directa como su intelecto:

Dijo, en esencia, que no le interesaban el dinero ni la fama, que no quería ser exhibido como en un zoológico y que, si la demostración era correcta, no necesitaba nada más.

Para Perelman, aceptar el dinero significaba validar un sistema que veía demasiado preocupado por el ego y la política, y no lo suficiente por la ciencia en estado puro. Prefirió alejarse de una fortuna para no traicionarse.

Hoy, según se informó en su momento, lleva una vida reservada en San Petersburgo, en un apartamento modesto, junto a su madre. Camina por la ciudad sin llamar la atención, como alguien que alcanzó una cima del conocimiento humano y luego decidió volver al silencio.

Su historia nos obliga a replantearnos qué es el éxito. En un mundo obsesionado con acumular y “triunfar”, Perelman recuerda que la verdadera riqueza no es lo que juntamos, sino aquello a lo que somos capaces de renunciar para seguir siendo libres. El hombre del metro no es pobre; quizá sea de los pocos verdaderamente libres que quedan.

Fuente: Clay Mathematics Institute ("Millennium Prize for the Poincaré Conjecture", 18 de marzo de 2010)

14/02/2026

Su fotografía reveló el secreto de la vida.
Durante años, su nombre quedó en segundo plano.

En 1952, en un laboratorio del King’s College de Londres, una científica trabajaba con una paciencia casi obsesiva. Ajustaba cristales, calibraba rayos X, repetía exposiciones hasta que la imagen fuera perfecta. No buscaba fama. Buscaba precisión.

Su nombre era Rosalind Franklin.

Había nacido en 1920 en Londres, en una familia acomodada que esperaba de ella discreción y un destino convencional. Pero Rosalind no estaba hecha para cumplir expectativas ajenas. Desde muy joven decidió que sería científica. No por rebeldía, sino por convicción.

En plena Segunda Guerra Mundial investigó la estructura del carbón, aportando datos cruciales para la industria británica. Iba en bicicleta al laboratorio mientras sonaban las sirenas antiaéreas. El conocimiento no podía esperar.

Más tarde se especializó en cristalografía de rayos X en París, donde perfeccionó una técnica capaz de revelar la arquitectura invisible de las moléculas. Era una experta en interpretar patrones que otros apenas comprendían.

En 1951 regresó a Londres para estudiar el ADN, la molécula que contiene la información hereditaria. El misterio era monumental. Nadie sabía con certeza cómo estaba organizada.

Entonces llegó la imagen.

La llamada Foto 51.

Una fotografía de difracción tan clara que mostraba, sin ambigüedades, la estructura helicoidal del ADN. En esa cruz luminosa estaba la respuesta que el mundo científico llevaba años buscando.

Sin embargo, la imagen fue compartida con James Watson y Francis Crick sin que Rosalind lo supiera. Con esos datos, y combinando otros resultados experimentales, construyeron el modelo de la doble hélice.

En 1953 publicaron el hallazgo. El artículo incluía un reconocimiento discreto a los trabajos de Franklin. Nada más.

Rosalind no fue consultada. No fue incluida como coautora del modelo final. Siguió trabajando, ahora en la estructura de los virus, con la misma intensidad.

En 1956 le diagnosticaron cáncer de ovario. Continuó investigando durante el tratamiento, consciente del desgaste físico pero incapaz de abandonar el laboratorio. Murió en 1958, a los 37 años.

En 1962, Watson, Crick y Maurice Wilkins recibieron el Premio Nobel por el descubrimiento de la estructura del ADN. Los premios no se otorgan de manera póstuma. Su nombre no estuvo en el escenario.

Durante décadas, la narrativa simplificó la historia. Tres hombres descifraron el secreto de la vida. Solo más tarde se empezó a hablar con claridad del papel fundamental de Rosalind Franklin, de su fotografía, de sus datos meticulosos.

Hoy su contribución es ampliamente reconocida. Laboratorios, institutos y becas llevan su nombre. La ciencia ha corregido, en parte, su memoria.

Pero su historia deja preguntas que siguen resonando.

¿Cuántas veces el rigor silencioso queda opacado por la narrativa más cómoda?
¿Cuántas veces el genio trabaja sin saber que otros ya están construyendo con sus cimientos?

Rosalind Franklin no buscó protagonismo. Buscó verdad.
Su cámara no capturó fama. Capturó una estructura que transformó la biología, la medicina y la comprensión misma de la vida.

Su legado no es solo la Foto 51.
Es la demostración de que la precisión, la disciplina y la convicción pueden cambiar el mundo, incluso cuando el reconocimiento llega tarde.

Rosalind Franklin.
La científica que sostuvo la cámara cuando el ADN decidió revelar su forma.

12/02/2026

La ciencia se está ahogando en “basura” generada por IA: el ruido que amenaza a la investigación 🧪🤖

🧠 El texto de Ross Andersen pone el dedo en una llaga cada vez más visible en la academia: la avalancha de artículos científicos asistidos —o directamente generados— por inteligencia artificial, muchos de ellos de baja calidad, irrelevantes o falsos. A este fenómeno lo llama AI slop: una especie de desecho digital académico que empieza a saturar revistas, congresos y repositorios de preprints, desbordando la capacidad de revisión crítica de la comunidad científica.

⚠️ La preocupación no es solo estética o ética. El problema es sistémico: cuando el volumen crece más rápido que los filtros, la investigación sólida queda enterrada bajo el ruido. Y, peor aún, el propio sistema de revisión por pares empieza a contaminarse cuando revisores usan IA y los autores aprenden a “jugar” con esos modelos para obtener evaluaciones favorables.

• Andersen describe el aumento de “citas fantasma”: referencias a artículos que no existen, generadas por modelos de lenguaje y detectadas incluso en revistas respetadas y en informes gubernamentales.
• La popularización de herramientas como ChatGPT disparó el número de manuscritos enviados a revistas y congresos, en parte ayudando a investigadores no angloparlantes, pero también dando apariencia de plausibilidad a trabajos fraudulentos o chapuceros, según editores académicos.
• La presión por publicar, combinada con la facilidad para generar texto, tablas e incluso figuras científicas falsas, ha saturado conferencias y revistas con trabajos sin resultados verificables ni replicables.
• Se documentan casos extremos: artículos con ilustraciones generadas por IA científicamente absurdas (como animales con rasgos anatómicos grotescos) que superaron la revisión por pares y fueron publicados antes de ser retractados.
• En ciencias de la computación, el problema es masivo: congresos como NeurIPS e ICLR han visto duplicarse los envíos en pocos años, con decenas de artículos que incluyen citas alucinadas no detectadas durante la revisión.
• Estudios recientes muestran que más de la mitad de los informes de revisión en algunas conferencias fueron redactados con ayuda de IA, y alrededor de una quinta parte completamente generados por modelos de lenguaje.
• Algunos autores incluso ocultan mensajes dirigidos a IA revisoras (en tipografías diminutas) pidiéndoles elogios y minimizando críticas, distorsionando aún más el proceso.
• Los servidores de preprints también están siendo inundados por textos superficiales asistidos por IA, poniendo en riesgo la credibilidad de estos espacios clave para la comunicación científica temprana.
• Andersen advierte que, si no se controla, este flujo puede derivar en una “crisis existencial”: una contaminación epistemológica permanente donde trabajos falsos entrenan nuevas IA, que a su vez producen más “slop”.

Fuente
The Atlantic, Ross Andersen, 22 de enero de 2026. “Science Is Drowning in AI Slop”.
https://universoabierto.org/2026/01/23/la-ciencia-se-esta-ahogando-en-la-basura-de-la-ia

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31/01/2026

Descubrió cuántos años tenía la Tierra. Luego descubrió algo que podría destruirnos a todos.

Durante miles de años, la humanidad se preguntó por la edad de nuestro planeta. Los textos religiosos ofrecían una respuesta. Los filósofos discutían otra. Los científicos hacían estimaciones basadas en fósiles y capas de roca. Pero nadie lo sabía con certeza.

Hasta que un científico discreto llamado Clair Patterson lo calculó y lo publicó en 1956.

Debería haberse vuelto famoso al instante. Su nombre debería aparecer en todos los libros de texto. En cambio, lo que descubrió después lo convirtió en un objetivo. Se encontró prácticamente solo frente a una de las industrias más poderosas del mundo, librando una batalla que decidiría si millones de niños crecerían con mentes dañadas.

Y durante décadas, casi nadie supo su nombre.

El camino de Patterson empezó a finales de los años 40 en la Universidad de Chicago. Era un joven geoquímico con una tarea imposible: medir con precisión la proporción de isótopos de plomo en un fragmento de meteorito llamado Canyon Diablo. La teoría era elegante: si lograba medir bien esas proporciones, podría calcular cuándo se formó el sistema solar y, por tanto, cuándo “nació” la Tierra.

Pero había un problema que casi lo rompe.

Cada vez que intentaba medir el plomo en sus muestras, los números salían incoherentes. Un día altos, al siguiente todavía más altos, nunca estables. El equipo parecía funcionar. Los cálculos estaban bien. Y aun así, los datos eran puro caos.

La mayoría habría abandonado o habría culpado al método. Patterson era distinto. Tenía una atención al detalle casi obsesiva y una paciencia que rozaba la terquedad.

Un día, se dio cuenta de algo inquietante: el problema no era la roca. El problema era todo lo demás.

Había plomo por todas partes. En las mesas del laboratorio. En el aire. En los zapatos de la gente. Flotando como polvo invisible. El mundo entero estaba contaminado y eso saboteaba sus mediciones.

Así que Patterson hizo algo poco común para su época. Construyó un laboratorio ultralimpio.

Frotó superficies hasta el agotamiento. Selló grietas. Instaló filtros de aire. Hizo que quienes entraban siguieran rutinas estrictas de limpieza y protección. Durante años, depuró procesos, descartó errores y eliminó cualquier fuente posible de contaminación.

Finalmente, a mediados de los años 50, lo logró. Obtuvo una medición fiable. Pasó los datos por un espectrómetro de masas, hizo los cálculos y, de pronto, tuvo en las manos una respuesta que ningún ser humano había conocido con precisión:

4,55 mil millones de años.

La Tierra tenía unos 4,55 mil millones de años.

Se cuenta que, emocionado, lo compartió de inmediato con su familia. El peso de no saberlo, al fin, se había levantado.

Pero mientras construía ese laboratorio limpio, Patterson había tropezado con algo mucho más perturbador.

¿De dónde venía tanto plomo?

El plomo no debería estar por todas partes. Gran parte permanece atrapada en depósitos minerales. No debería flotar libremente en el aire ni cubrir mesas de laboratorio. Y, sin embargo, estaba en todo: en cantidades que no cuadraban.

Patterson empezó a analizar el mundo fuera del laboratorio. Agua del océano. Nieve en montañas. Y donde miraba, las concentraciones eran mucho más altas de lo que cabría esperar en condiciones naturales.

Entonces lo entendió.

Desde la década de 1920, compañías petroleras habían añadido un compuesto llamado tetraetilo de plomo a la gasolina. Evitaba el “golpeteo” del motor y hacía que los coches funcionaran con más suavidad. Pero cada coche en cada carretera se había convertido en un sistema de dispersión de veneno, expulsando partículas microscópicas de plomo al aire con cada kilómetro.

El plomo es un neurotóxico. Daña cerebros en desarrollo. Reduce capacidades cognitivas. Se asocia con problemas de conducta y dificultades de aprendizaje. Y una generación entera de niños lo respiraba a diario.

Patterson tenía que elegir.

Era geoquímico. Su trabajo era estudiar rocas e isótopos, no enfrentarse a corporaciones ni hacer activismo sanitario. Tenía financiación estable y una carrera prometedora. Podía haberse limitado a su hallazgo sobre la edad de la Tierra y pasar a lo siguiente.

Pero no pudo “desver” lo que había encontrado.

A partir de los años 60, publicó trabajos advirtiendo que la contaminación industrial por plomo estaba envenenando el ambiente y dañando la salud.

La respuesta fue rápida y dura.

La industria del plomo era enorme, rica, y no pensaba perder miles de millones. Uno de sus defensores científicos más visibles era el doctor Robert Kehoe, que durante años sostuvo que el plomo ambiental era natural e inofensivo. Era convincente, estaba bien financiado y contaba con el respaldo de empresas influyentes.

Cuando Patterson desafió esa narrativa, intentaron comprar su silencio. Le ofrecieron subvenciones generosas y apoyo institucional. Solo tenía que mirar hacia otro lado y cambiar de tema.

Patterson se negó.

Entonces intentaron destruirlo profesionalmente.

Se cortaron apoyos vinculados a intereses petroleros. Se presionó a instituciones para aislarlo. Se intentó frenar la difusión de sus trabajos. Lo presentaron como un alarmista, como alguien que “se salía de su campo”.

Durante años, funcionó. Patterson fue marginado y quedó fuera de muchas conversaciones científicas dominantes.

Pero tenía algo que la industria no podía neutralizar: pruebas de cómo era el aire antes de la contaminación moderna.

Se dio cuenta de que necesitaba una máquina del tiempo: una forma de ver la atmósfera de antes de los automóviles. Así que viajó a uno de los lugares más remotos del planeta: Groenlandia.

En condiciones brutales, él y su equipo perforaron glaciares antiguos y extrajeron largos cilindros de hielo. Esos núcleos eran cápsulas del tiempo. La nieve que cayó en 1700 quedó atrapada en capas profundas. La de 1900, más arriba. La de mediados del siglo XX, cerca de la superficie.

De vuelta en su laboratorio ultralimpio, derritió con cuidado capas de distintas épocas y midió su contenido de plomo.

Los resultados fueron demoledores para la versión de la industria.

Durante siglos, los niveles atmosféricos eran muy bajos. Luego, a partir de la década de 1920 —justo cuando se popularizó la gasolina con plomo—, se dispararon. La curva era clara. No era natural. Era reciente, causada por humanos y estaba creciendo.

Con esa prueba en la mano, Patterson volvió a la pelea.

Declaró ante comités y enfrentó preguntas diseñadas para enredar la ciencia. No era un orador cómodo. Era nervioso, algo torpe, y prefería la calma predecible del laboratorio. Pero no dio un paso atrás.

Dijo a los legisladores que estaban intoxicando a sus propios hijos. Mostró los datos del hielo. Hizo visible lo invisible.

Poco a poco, a regañadientes, la verdad se abrió camino.

Otros científicos empezaron a respaldar sus conclusiones. La salud pública prestó atención. Más personas exigieron medidas. La marea cambió.

En los años 70, Estados Unidos aprobó la Ley de Aire Limpio y comenzó el proceso de reducir el plomo en la gasolina, impulsado por regulaciones que se fueron endureciendo con el tiempo. Hubo batallas largas, pero al final la gasolina sin plomo se convirtió en la norma.

Los resultados fueron impresionantes.

Con el tiempo, los niveles de plomo en sangre en la población infantil y en el conjunto de la población bajaron de forma drástica. Se evitó que millones de niños sufrieran daños que podían acompañarlos toda la vida.

Clair Patterson había ganado.

Y aun así, cuando murió en 1995, pocos fuera del mundo científico conocían su nombre. No se hizo rico. Volvió a su laboratorio y siguió estudiando la química de los océanos y la historia de la Tierra.

La historia de Patterson recuerda cómo se ve la integridad cuando nadie aplaude.

Es fácil hacer lo correcto cuando la multitud te anima. Es infinitamente más difícil cuando intereses poderosos intentan arruinarte, cuando tu carrera está en riesgo, cuando aceptar el dinero sería lo más cómodo.

Podía haberse callado. Podía haber tenido una carrera tranquila y bien financiada estudiando rocas mientras se dañaban mentes infantiles. Podía haber dicho: “No es mi problema”.

Pero miró los datos, miró el mundo y decidió que la verdad valía más que la comodidad.

Nos dio la edad de la Tierra: un número que cambió nuestra comprensión del tiempo.

Y luego nos ayudó a ganar futuro: un mundo donde los niños podían crecer con menos veneno en el aire.

A menudo imaginamos a los héroes como soldados, activistas o celebridades. Pero a veces un héroe es solo una persona obstinada con una bata blanca, limpiando una y otra vez, negándose a aceptar una mentira conveniente.

Limpió el laboratorio.

Y luego ayudó a limpiar el mundo.

Fuente: BBVA ("Clair Patterson, el héroe que logró prohibir el plomo en la gasolina", 6 de septiembre de 2024)

18/01/2026

Durante 35 años, una mujer intentó ver algo que nadie había logrado observar con claridad. No con los ojos, sino con la mente, la paciencia y una disciplina casi inhumana. La molécula que perseguía estaba ligada a una enfermedad que afectaba a millones de personas en todo el mundo. Cuando finalmente la reveló, cambió para siempre el tratamiento de la diabetes.

Su nombre era Dorothy Hodgkin.

Dorothy dedicó su vida a hacer visible lo invisible. Trabajó con cristalografía de rayos X, una técnica que permitía deducir la estructura atómica de las moléculas a partir de patrones de difracción. Era una tarea casi absurda para su época: reconstruir la forma exacta de una sustancia vital observando únicamente cómo la luz rebotaba en cristales microscópicos.

Nació en El Cairo en 1910 y desde niña mostró una fascinación poco común por la materia. A los diez años ya cultivaba cristales en su habitación, observando cómo los átomos se organizaban siguiendo reglas silenciosas. Cuando llegó a Oxford en 1928, entendió que aquella curiosidad infantil sería su herramienta para descifrar los secretos más profundos de la vida.

La ciencia no la esperaba con los brazos abiertos. Era mujer en un mundo dominado por hombres. Sus capacidades matemáticas fueron cuestionadas. Algunos laboratorios le cerraron las puertas. Y como si eso no fuera suficiente, desde joven padeció artritis reumatoide, una enfermedad dolorosa que deformó sus manos y la acompañó durante toda su carrera. Aun así, trabajó durante horas interminables, colocando cristales con dedos rígidos y soportando un dolor constante que nunca usó como excusa.

En 1945, logró descifrar la estructura de la penicilina. El antibiótico ya salvaba vidas, pero nadie entendía del todo cómo producirlo eficientemente. Su trabajo permitió que la industria farmacéutica lo fabricara a gran escala. Más tarde, resolvió la estructura de la vitamina B12, un logro que muchos científicos compararon con romper una barrera que parecía infranqueable.

Pero su gran obsesión era la insulina.

Comenzó a trabajar en ella en 1934. Era una molécula enorme, compleja, extraordinariamente difícil de cristalizar. Año tras año, los intentos fallaban. Los cálculos se hacían a mano. Los modelos se corregían y se desechaban. Pasaron décadas. Otros habrían abandonado. Ella no.

En 1969, treinta y cinco años después, Dorothy Hodgkin anunció que había determinado la estructura completa de la insulina. Átomo por átomo. Sin vacíos. Sin suposiciones. Ese momento abrió la puerta a insulinas sintéticas más precisas, seguras y eficaces, tratamientos que hoy permiten vivir a millones de personas con diabetes.

En 1964 recibió el Premio Nobel de Química. Sigue siendo la única mujer británica que lo ha ganado en esa categoría. Sin embargo, nunca buscó protagonismo. Quienes la conocieron recuerdan su generosidad, su humildad y su empeño en apoyar a otras mujeres para que entraran en la ciencia sin pedir permiso.

Dorothy también fue activista. Defendió el desarme nuclear, la cooperación científica internacional y una ciencia al servicio de la humanidad, no del beneficio inmediato. Continuó trabajando hasta bien entrados los setenta años, incluso cuando la artritis ya casi no le permitía usar las manos.

Falleció en 1994, a los 84 años.

Su legado sigue vivo cada vez que alguien recibe insulina, vitamina B12 o un antibiótico que salva una vida. Ella no curó enfermedades con discursos ni promesas. Las curó entendiendo la materia a un nivel que pocos seres humanos han alcanzado.

Hizo visible lo que parecía imposible de ver. Transformó conocimiento en esperanza. Y demostró que la paciencia puede cambiar el mundo.

Su nombre merece ser recordado: Dorothy Hodgkin.

01/01/2026

Aunque no lo notemos, el Sistema Solar se mueve a una velocidad increíble alrededor del centro de la Vía Láctea.Viajamos a más de 800.000 kilómetros por hora...

07/08/2025

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