16/12/2018
Una vez más, una representante de la Asamblea del Movimiento Estudiantil Canario (AMEC) se sube a esta tribuna para hablar de los Presupuestos de esta Casa de estudios. Hoy cumplimos 12 años haciéndolo. Nos subimos, como lo hemos hecho todos estos años, para cumplir con el compromiso adquirido; compromiso que –disciplinadamente- hemos venido ratificando; asumiendo -desde la mayor de las responsabilidades- la representación digna de nuestras compañeras y compañeros.
Hemos entregado nuestras energías en una lucha asimétrica, desigual en todos sus aspectos; una lucha casi nunca bien comprendida, pero una lucha necesaria en defensa de un modelo de Universidad, un modelo que no pretendemos inmutable y definitivo, sino un modelo que hemos ido pensando y, en la medida de nuestras posibilidades, proyectando dentro de esta institución y fuera de ella.
Pensar qué Universidad queremos; pensar en profundidad en qué institución nos encontramos; pensar detenidamente el sentido, las posibilidades y el futuro de la Universidad -aunque sea medio desdibujado-, debería ser un ejercicio obligado antes de emprender cualquier tipo de actuación en esta institución académica.
De nada sirve repetir ese copiar y pegar, más o menos rutinario, del documento presupuestario de todos los años si al final volvemos a las mismas dinámicas. No solo ya en el destino difuso de determinadas partidas del Presupuesto. Nos referimos, por ejemplo, a ese dinero que se pretendía gastar en una cosa, pero luego se gasta en otras; ese dinero que pretendía mejorar un servicio de los pocos que se ofrecen al estudiantado, y luego, ese dinero termina sumando en una partida diferente, porque dicho servicio devuelve –misteriosamente- parte de lo que se le ha presupuestado. Pero esto incluso no es lo peor que pueda pasarnos ahora; lo peor es que eso pase año tras año; lo peor es que al final la política del remiendo es la que se impone; puesto que no se invierte lo necesario ni lo suficiente en donde se hace urgente y necesaria esa inversión.
El remiendo se convierte en esa forma de ir dando algún tipo de solución provisoria: se remienda una residencia de estudiantes o un colegio mayor; se remienda algún aula o laboratorio; se remienda un servicio esencial, uno de esos que termina por fallar o colapsarse.
Es igual que sea un servicio más o menos telemático o humano, en la ULL carecemos de una adecuada inversión en personal y en recursos de formación interna que nos permitan tener una Universidad eficiente. Y eso nos lleva a privatizar servicios o a creer que externalizar servicios es lo mejor, aunque todas sabemos que no es verdad; esos malos pensamientos nos trasladan a la Universidad B, a la Fundación, al modelo de gestión empresarial que no tiene nada que ver con ese modelo de Universidad en el que nosotras pensamos.
El remiendo –seguimos- se convierte en una forma de vida, una forma de ser; pero todo el mundo sabe que los remiendos, por lo general, son frágiles y precarios. El remiendo como política económica o el remiendo como forma de hacer política en general ralentiza las posibilidades de una institución que se pretende en sintonía con el progreso y los avances (aunque al final no quede claro en la ULL qué cosa es progresar y avanzar).
No se piensa la Universidad con conciencia; no se entiende que en una institución académica como la nuestra -en pleno siglo XXI-, convivan varias Universidades al mismo tiempo; Universidades que ya quedan, en algún caso, distantes, pero que se empeñan en seguir marcando dinámicas; modelos de Universidad fracasados que siguen ahí, como espectros; en forma de reducto de lo trasnochado y reactivo que insiste en volver una y otra vez.
Se trata de esa reacción regresiva que muchas veces se disfraza de otra cosa, pero que insiste en su apuesta por una Universidad autoritaria que tiene aún en su blasón ese “ordeno y mando” que remite a una obsesión por el dominio y la coerción. Aunque, pese a todas esas resistencias, ustedes deberían entender que esa Universidad patriarcal ya está derrotada, al menos moral e ideológicamente derrotada; aunque haya quien no lo crea, aunque quieran pensar lo contrario. Esa Universidad forma parte del pasado, sus resistencias no son sino estertores. Se le terminó ya su tiempo.
Obviamente no ha sido gracias a la inversión y a los esfuerzos institucionales; han sido los tiempos, y la llegada de confrontaciones inevitables; confrontaciones en las que, en esta institución, hemos participado como vanguardia. Una vanguardia que ha entendido la importancia del compromiso y de la movilización de las personas; ha entendido la importancia que tiene el empoderamiento de las víctimas, de las oprimidas, de las supervivientes, y ha ejercitado la presión política, social y mediática necesaria.
Precisamente por todo esto que apuntamos, estamos capacitadas para decir -sin miedo- que en nuestra Universidad persiste -aunque sea de forma tragicómica y espectral-, la vieja Universidad fascista -la Universidad franquista-, muy a cuento ahora que las contradicciones sociales nos muestran el verdadero rostro de esta sociedad y la peculiar “democracia” donde el consenso está impuesto, tristemente, aún por los ganadores de una guerra hace más de 80 años y los responsables de los posteriores cuarenta años de dictadura. Por eso no nos debe extrañar que el alumnado tenga un reglamento disciplinario ratificado por el dictador Francisco Franco en 1954. Un reglamento que no se ha querido cambiar y que se aplica cíclicamente. Cuando les hace falta. No se quiso modificar, se podía hacer a nivel interno de la ULL, puesto que los Colegios Mayores y la RUPI tienen su propio reglamento; pero el 54 les queda bien, y les funciona bien a los rectores o rectoras. Es una forma de salvaguardar la disciplina y salvaguardar la supuesta autoridad moral de un profesorado al que solo se le debería presuponer una autoridad: la autoridad académica, y siendo generosas.
Esa autoridad académica debería ser suficiente. Suficiente para tener una buena Universidad. Una Universidad con gente preparada en la transmisión de conocimientos y con capacidad en el ámbito de la investigación. Y esto no tiene vuelta de hoja. Si el estudiantado no consigue mejores resultados académicos, se debe a que no contamos con los y las mejores profesionales. No lamentamos la sinceridad que tenemos en esta cuestión. Esa ha sido una de nuestras características a lo largo de todos estos años. Nos hemos subido aquí para ser sinceras; hemos venido a decir la verdad; hemos venido a denunciar y a hablar de forma clara. Sin tapujos y sin comedias.
Nosotras hemos entendido perfectamente la importancia de este órgano; la importancia de la participación institucional como complemento de la acción política universitaria, como parte sustancial de la praxis que garantiza la existencia orgánica - más allá del conato- de un movimiento estudiantil fuerte, capaz de resistir y persistir. Nosotras hemos hecho ese recorrido y, por eso, 12 años después, hemos podido seguir reivindicando desde esta tradición de lucha de la que hemos ido aprendiendo mucho a lo largo del tiempo.
Hemos aprendido cosas muy importantes, cosas como que el profesorado ni siquiera puede llegar a ser un aliado coyuntural del estudiantado; la asimetría, la falsa autoridad, la falta de una Universidad democrática impide, en estas circunstancias, cualquier tipo de alianza. Solo tendríamos que recurrir a las hemerotecas para ver quiénes siempre terminaron traicionado las luchas universitarias; ver cómo -muchas veces- la movilización estudiantil benefició al profesorado, y este le correspondió con la traición, con el autoritarismo y la represalia. Es duro tener que asumir que el enemigo número uno del alumnado es el profesorado. Es duro, pero es la realidad. Una enseñanza que ninguna alumna o alumno debe olvidar jamás.
Por esa razón, esta institución seguirá alimentando a Pedros Averos, Antonios Rodríguez… esta Universidad preferirá seguir invirtiendo en cancerberos –vigilantes-, como Andrés Falcón Armas, mister inspector. Esta Universidad seguro que parirá algún Eduardo Doménech más en el futuro; como hoy tenemos un Antonio Martinón, que, si lo pensamos, es un rector que tiene como un aire que podríamos calificar, si nos permiten la jocosidad, de “diluviano”, políticamente prehistórico, un rector adecuado a eso que ya se ha dejado de llamar democracia y se denomina “Régimen del 78”, o que también podríamos denominar régimen del 75, pensando en la muerte del dictador, o del 36, si pensamos en el golpe de Estado que desencadenó la guerra civil; en Canarias también nos vale, por eso del Estatuto de Autonomía, lo de “Régimen del 82”.
En la lucha contra el autoritarismo en la Universidad de La Laguna es donde se deben invertir parte de los recursos, tenemos que apostar por una Universidad garantistas, con herramientas eficaces que permitan a los estudiantes nivelar la balanza; en ese sentido, se debe barrer ya con este modelo de Universidad trasnochado y decadente. Apelamos a la imaginación, a la creatividad y, también -por qué no-, a la decencia.
El profesorado debe de tratar de ser más disciplinado. Hay que bajar ya de las alturas. Ustedes ya no son especiales para nadie en esta sociedad. Eso se terminó. Ahora tienen que demostrar que son eso que dicen ser y que son capaces de transmitir, de ilusionar, de edificar… El profesorado de esta Casa debe tener muy claro que el principio de autoridad es una falacia. Un camino que no lleva a ninguna parte, y esta institución se descascara poco a poco; las goteras y las inundaciones características de algunos de nuestros edificios; los problemas inherentes a la movilidad se unen a ese gran problema. La ULL no deja de ser una institución en ruinas; una institución que no va a solucionar sus problemas con cosméticas más o menos atractivas. Todas sabemos que lo que se vive aquí son batallitas por el poder, una apuesta por controlar los recursos, acrecentar grupos de poder en las secciones y departamentos. La Universidad posee una estructura mastodóntica, pero se trata de una estructura corrompida y decadente en muchos aspectos.
Por tanto, en esa aspiración de mejorar la Universidad, reclamamos una reforma moral de la institución. Una total transformación de la estructura, del andamiaje interno, una apuesta por la calidad y por una forma de entender el conocimiento que sea también democrática. Partiendo de ese derecho adquirido a tener una formación. Por eso no nos vale la Universidad-negocio; pero tampoco nos vale esta Universidad sórdida, oscura, esta Universidad que asemeja a un monstruo con pies de barro, esta Universidad que se deshace a cada paso que da, pero que muchos de ustedes se han empeñado en que continúe; ciertamente, el privilegiado o la privilegiada nunca -en ninguna circunstancia-, desea perder sus privilegios.
Lo que hemos avanzado, nuestra aportación, la aportación de AMEC, quedará ahí, una pequeña parte de la historia, poco más de una década en la historia de esta Universidad, que dentro de 9 años, por fin, será una institución centenaria, en el 2027. Algunas cosas dejamos. Algunos logros a tener en cuenta: lecciones aprendidas, derrotas y victorias, pequeñas y grandes victorias. Muchas resistencias de todo tipo. Aunque nuestro principal legado es la constancia, la firmeza y el compromiso. Si hemos fallado no ha sido por no luchar o por retroceder. ¿Aliados? Siempre pocos. Pero siempre hemos permanecido firmes y leales a las convicciones que nos llevaron a asumir de una forma decidida, valiente y sacrificada.
Hemos abierto algunas brechas en la muralla. En esta lucha por una Universidad diferente -una Universidad que es posible imaginar sin tanta dificultad- hemos sabido tocar los privilegios de algunas y algunos, hemos sabido señalar y combatir la injusticia y el despotismo.
Más allá de lo que aporten estos Presupuestos a la lucha por una Universidad para todas, una Universidad comprometida con la igualdad, más allá de todo eso, sabemos que hemos participado en la apertura de nuevos frentes de lucha; hemos sido capaces de romper con tabús y señalar los atropellos a la dignidad de las mujeres; atropellos cometidos en esta Casa de estudios. La lucha contra la acoso sexual y sexista deberá continuar; perseguir a los déspotas y mefíticos acosadores es una tarea que queda ahí, abierta, emprendida, pero como responsabilidad de todas y todos, para conseguir que se nos respete de una vez a todas las mujeres, también en la Universidad, y en especial a las alumnas, que estamos seguras seguirán liderando este movimiento emancipador e imparable. Una tarea que se deberá ejercitar sin miedo, sin permitir enrocamientos ni superficialidades de aquel o aquella que ocupe el próximo año el Rectorado.
Pese al continuismo ideológico que –por momentos- parece dominar a esta institución, esa decadencia que rezuma, como edificio espiritual del conocimiento (si me permiten la ironía); teniendo también en cuenta que muchas veces fuimos traicionadas por nuestra propia impaciencia, por nuestro deseo de transformar esta Casa de un solo golpe, pese a que mañana esta institución y este órgano será un lugar todavía más espeso y gris, especialmente, si se sigue por este camino en el que el profesorado actúa sólo en su propio beneficio y no pensando en el beneficio de toda la comunidad universitaria y de la sociedad canaria en general. Pese a eso y mil cosas más, nos marchamos con la conciencia de que levantamos nuestras banderas y de que fuimos leales a nuestros principios, leales a nuestros compromisos con las alumnas y alumnos de la Universidad de La Laguna. Parafraseando al gran Salvador Allende en su discurso de despedida:
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
Estudiantes de mi universidad, tengo fe en Canarias y su destino. Superarán otras personas este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase la mujer y el hombre libre, para construir una sociedad mejor, una universidad mejor.
¡Viva Canarias! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan las trabajadoras! ¡Viva el estudiantado!
Tengo la certeza de que nuestro sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.