19/07/2026
Agustín de Iturbide. Aprehensión, fusilamiento y descanso eterno
Con la noticia de la llegada de don Agustín de Iturbide al puerto de Soto la Marina, el general Felipe de la Garza, jefe de las Provincias Internas de Oriente, cuya comandancia se encontraba establecida en ese mismo lugar, emprendió la búsqueda del exemperador. Para ello acudió al encuentro del coronel Carlos Beneski, antiguo adepto del llamado «Dragón de Hierro», con el propósito de obtener información sobre su paradero.
La respuesta del militar polaco fue contundente: Iturbide permanecía en Londres junto con su familia. Aunque De la Garza aceptó aquella explicación con evidente escepticismo, intentó persuadir a Beneski para que revelara la verdadera ubicación y los planes del exemperador. Sin embargo, el coronel permaneció firme y no cedió ante la presión. Convencido de que no obtendría más información, el general abandonó el interrogatorio, aunque permaneció en estado de alerta.
Consciente del peligro que representaba su regreso, Iturbide optó por vestir ropas sencillas que le permitieran pasar inadvertido ante los ojos de sus perseguidores. De esta manera, acompañado por Beneski, emprendió el viaje hacia el interior del estado. No obstante, la estrategia resultó inútil. Su identidad fue descubierta por el teniente coronel Juan Manuel Azúnzolo y Alcalde, quien había servido anteriormente bajo sus órdenes.
Su imponente presencia y su magistral forma de cabalgar —cualidad que diversos historiadores destacan como una de sus características más sobresalientes— despertaron las sospechas del militar, quien informó de inmediato a sus superiores. En consecuencia, las guardias fueron reforzadas y, el 16 de julio de 1824, en el paraje conocido como Los Arroyos, Iturbide y Beneski fueron alcanzados y detenidos para ser conducidos nuevamente a la villa de Soto la Marina.
A la mañana siguiente, el 17 de julio, Felipe de la Garza estuvo a punto de hacer efectivo el decreto de proscripción que pesaba sobre la cabeza de Iturbide, documento cuya existencia el propio general dio a conocer al prisionero. Sin embargo, tras reflexionar sobre las consecuencias políticas que podría acarrearle ejecutar de inmediato la sentencia, decidió dejar que el recién instalado Congreso Constituyente de Tamaulipas determinara el destino de su prisionero.
Ese mismo día, alrededor de las cinco de la tarde, partieron con rumbo a la villa de Padilla. El contingente encargado de escoltar al polaco y al criollo estaba integrado por más de un centenar de soldados, bajo el mando del propio De la Garza.
Al día siguiente, 18 de julio, después de asistir a la misa dominical en la capilla de una ranchería situada a unas seis horas de la villa de Santillana, ocurrió un episodio tan inesperado como controvertido. Según diversas versiones históricas, Felipe de la Garza cedió momentáneamente el mando de la tropa a Iturbide, pronunciando las siguientes palabras:
«El héroe de Iguala, que nos liberó a todos del yugo español, es, por lo tanto, merecedor de gobernar a la nación mexicana. Solamente él puede asegurarle su felicidad. Yo me someto a sus órdenes y, al hacerlo, le entrego la fuerza completa de esta provincia, así como estas tropas valerosas que han resuelto protegerlo y defender las instituciones de su país...»
El júbilo de los hombres allí reunidos pareció confirmar aquel acto simbólico. Posteriormente, Iturbide encabezó el avance del centenar de soldados con dirección a la villa de Padilla, ahora como jefe provisional de la fuerza.
Eran aproximadamente las seis de la mañana del 19 de julio cuando el contingente llegó al río Purificación. Allí, Iturbide aguardó con serenidad la resolución del Congreso, convencido de que podría demostrar su respeto por las leyes de la nación y por las decisiones de sus autoridades. Poco tiempo después, un mensajero enviado por Felipe de la Garza le solicitó esperar la llegada del general para ingresar juntos a Padilla.
Sin embargo, aquella invitación resultó ser un engaño. Una vez más, De la Garza hizo valer su autoridad y Agustín de Iturbide entró en la villa en calidad de prisionero.
La deliberación del Congreso tamaulipeco fue breve y los diputados emitieron su resolución, hacia las cuatro de la tarde quedó dictada la sentencia: el antiguo emperador sería pasado por las armas a las seis de la tarde.
Así fue como, el 19 de julio de 1824, mientras el sol descendía tras las cumbres de la Sierra Madre Oriental, Agustín de Iturbide fue conducido a la plaza pública de la villa de Padilla para cumplir con su condena. Antes de enfrentar el pelotón de fusilamiento, pidió un vaso de agua para aliviar la sed provocada por el intenso calor de la región, o quizá por la inevitable tensión de quien miraba de frente a la muerte.
Dirigiéndose a los presentes, pronunció sus últimas palabras:
«¡Mexicanos!, en este último momento de mi vida, yo recomiendo a ustedes el amor por su patria y la observancia correcta de nuestra religión; es la religión la que nos llevará a la gloria. Muero por haber venido a auxiliarlos y muero feliz por expiar entre ustedes. Dejo este mundo con honor, y no como un traidor, traición que podría adjudicárseles a mis descendientes. ¡No, nunca se dirá que yo fui un traidor! Mantengan subordinación estricta y sean obedientes a sus comandantes; actuando conforme a sus mandatos, obedecerán también los de su Creador. No trato de dirigirme a ustedes por motivo de vanidad, pues estoy lejos de tenerla».
Tras elevar una oración, concluyó con una frase que ha quedado registrada por la historia:
«De lo hondo de mi corazón perdono a todos mis enemigos; de veras, desde lo hondo de mi corazón».
Con aquellas palabras terminó la vida del consumador de la Independencia de México. Sus restos permanecieron en Padilla durante catorce años. Finalmente, en 1838, el presidente Anastasio Bustamante expidió un decreto mediante el cual ordenó su traslado a la capital de la República. Ese mismo año, los restos de Agustín de Iturbide fueron depositados en la Catedral Metropolitana de México, donde desde entonces descansan como testimonio permanente de uno de los personajes más trascendentales y controvertidos de la historia nacional.