14/10/2026
LA CONQUISTA: MEMORIA AUTOCRÍTICA.
Por Marco Antonio Ugalde
Hablar del llamado "descubrimiento de América" exige, antes que otra cosa, abandonar las simplificaciones. En 1492 América no era una tierra vacía ni un territorio que aguardara, inmóvil, la llegada de Europa. Existían aquí pueblos, gobiernos, religiones, lenguas, jerarquías, conflictos y formas propias de comprender el mundo. Por eso, la llegada de Cristóbal Colón no puede presentarse ingenuamente como un mero descubrimiento geográfico. Fue el inicio de un encuentro desigual que pronto derivó en conquista, sometimiento, evangelización forzada y reorganización de la vida social.
El mexicano Edmundo O’Gorman (1906–1995), abogado, filósofo e historiador, explicó que América no fue solamente descubierta, sino también "inventada" por Europa. Esto significa que el "nuevo" continente fue incorporado a los mapas, intereses y categorías históricas de la civilización europea. No se trató únicamente de encontrar una realidad desconocida, sino de interpretarla desde una mirada ajena y, a partir de esa interpretación, apropiársela política, económica y culturalmente.
A su vez, la crítica del franco–búlgaro Tzvetan Todorov (1939–2017), filósofo, historiador, crítico y teórico literario, apunta en una dirección semejante. Para dicho pensador, Colón pudo reconocer tierras, riquezas y posibilidades de dominio, pero no reconoció plenamente a sus habitantes como sujetos de igual dignidad. El indígena apareció –demasiadas veces– como objeto de conquista, conversión, explotación o asimilación. Allí se encuentra una de las raíces intelectuales de la dominación; esto es: cuando al otro se le niega la condición de persona, resulta más fácil justificar cualquier abuso cometido en su contra.
Sin embargo, tampoco es aceptable sustituir una simplificación por otra, ya que la historia no puede reducirse a la imagen de unos españoles absolutamente poderosos frente a unos pueblos indígenas completamente pasivos. Es por demás conocido que la conquista contó con la participación de diversos pueblos originarios enfrentados al poder mexica. Hubo alianzas, rivalidades, cálculos políticos y conflictos internos. Los españoles fueron decisivos –desde luego–, pero no actuaron en un vacío histórico ni fueron los únicos sujetos de aquel proceso.
De esa confrontación surgió una sociedad nueva, mestiza, plural, desigual y profundamente conflictiva. Nacieron instituciones, lenguas, tradiciones religiosas y formas de vida que hoy pertenecen, para bien y para mal, a la identidad mexicana. Reconocer esa herencia no obliga a justificar la violencia. Del mismo modo, denunciar la violencia no exige negar la complejidad de la sociedad que se formó después.
El fiel de la balanza está precisamente en esa capacidad de sostener dos verdades al mismo tiempo. La conquista significó muerte, explotación, sometimiento y destrucción cultural; pero también produjo una transformación histórica de la cual surgió el México que hoy por hoy conocemos y del cual formamos parte.
Los pueblos originarios no deben ser presentados como víctimas eternas sin capacidad de decisión, ni los españoles como los únicos responsables de todo lo ocurrido. Una sociedad adulta no necesita héroes perfectos ni villanos absolutos para comprender su pasado.
O’Gorman nos ayuda a advertir que América también fue construida por medio de relatos: y por su parte, Todorov permite examinar la relación de poder que estuvo detrás de esos relatos. Leer a ambos, en este tenor, resulta más provechoso que convertirlos en consignas partidistas.
La historia no debe utilizarse como catecismo político, sino como instrumento de comprensión. La memoria histórica pues, puede servir y de hecho nos permite hacer visibles injusticias que todavía padecen los pueblos originarios; lo mismo que también puede convertirse y fácticamente ocurre para exaltar aciertos y proezas de modo distinto a la versión meramente negativa en ese rubro.
Sin exculpar a la España del siglo XV, cabe subrayar que en nuestra historia también han intervenido las élites mexicanas, los gobiernos posteriores y las decisiones de nuestra propia sociedad, de modo que la conquista y sus secuelas no pueden entenderse como un proceso puramente externo, sino como el resultado de alianzas, negociaciones y responsabilidades compartidas entre actores peninsulares e indígenas, y luego entre las élites criollas y mestizas que heredaron y reprodujeron estructuras de dominación; justipreciar estos hechos implica reconocer, sin atenuantes ni agravios, el peso específico de cada decisión y de cada estructura en la configuración del México actual.
Ninguna nación puede avanzar si transforma la historia en una herencia perpetua de agravios. Tampoco puede avanzar si pretende olvidar la violencia sobre la cual se edificaron muchas de sus instituciones. Recordar no significa vivir prisioneros del resentimiento; más bien significa comprender mejor el presente y asumir responsabilidades concretas.
Por eso, 1492 continúa siendo un asunto político. No porque los mexicanos actuales sean culpables de hechos cometidos hace siglos, sino porque todavía discutimos quiénes somos, qué herencias aceptamos y cómo nos relacionamos con España, con Europa y con nuestros pueblos originarios.
La memoria es legítima; la manipulación de la memoria, no. Ni de un extremo u otro. El reto, por ende, consiste en reconocer el daño histórico sin convertirlo en una explicación total de nuestra vida nacional.
Debemos valorar la pluralidad cultural, respetar la dignidad de los pueblos indígenas y exigir responsabilidades a quienes gobiernan, en tanto que asumen su representación.
Dijo el español Claudio Sánchez-Albornoz (1893–1984), político e historiador: "La historia es la hazaña de la libertad, y la libertad, la hazaña de la historia". En ese tenor, la historia debe ayudarnos a pensar con mayor libertad, en aras de la justicia; más tal libertad exige justipreciar los hechos; es decir: reconocer lo que en ellos hubo de coerción y de elección, de estructura y de responsabilidad, pues la libertad construye a la historia y ésta –a su vez– hace posible nuevas formas de libertad, en la medida en que nos atrevemos a juzgar el pasado sin renunciar a la verdad ni a la autocrítica.
En fin... así las cosas del abarrote político.