24/01/2026
En la profesión de guionista la ética no suele venir escrita en ningún manual. Nadie te entrega un reglamento el primer día. Aparece en la práctica, en los gestos pequeños, en las decisiones que tomas cuando nadie te ve y, sobre todo, en lo que aceptas —o no— cuando quien te mira tiene poder. No es un asunto de pureza moral. Es de oficio.
La autoría es uno de los primeros lugares donde esto se pone concreto. Firmar solo lo que escribes suena obvio, ¿no? Pero casi nunca lo es. La coautoría real incomoda porque te obliga a compartir algo que sientes tuyo, entonces la disfrazamos: "solo me ayudó un poco". Defender el crédito no es ego. Es defender que tu trabajo es trabajo, no un favor.
Con la propiedad intelectual pasa algo parecido. La línea entre inspirarse y apropiarse es delgada, pero está ahí. No robarte las ideas de otros ni registrar textos que no son tuyos debería ser lo básico. Y cuando lees proyectos ajenos, la confidencialidad no se negocia.
Luego está la transparencia profesional. Decir la verdad sobre el estado real de un proyecto es incómodo, lo sé, pero necesario. No es lo mismo estar cerca que estar quieto. Vender expectativas que no controlas no es ser optimista. Es desinformar.
Y después viene lo del tiempo y el dinero. Acordar por escrito cuánto cobras, cuándo entregas y cuántas versiones haces no mata la creatividad. La protege. Aceptar trabajos especulativos infinitos con un "si se vende, te pago" suele ser una forma elegante de no pagarte nunca. Cobrar no te hace mercenario. Te hace profesional.
Frente a todo esto, hay prácticas que ya ni nos suenan mal: la explotación del "amor al arte", el robo suave de ideas, mentir en el currículum, el gatekeeping tóxico. No son accidentes. Son costumbres.
Y al final queda algo poco romántico pero necesario: la ética del guionista no es solo moral. Es estructural. Cuando normalizamos abusos porque "así es la industria", la industria no cambia. Se repite. Escribir puede ser solitario, sí. Pero trabajar de esto no tendría que serlo.