28/08/2026
Quienes trabajamos cerca de las escuelas hemos escuchado alguna vez decir que “antes, si el maestro llamaba la atención a un alumno, en casa se respaldaba lo que había dicho; ahora algunos padres llegan a reclamar antes de escuchar qué pasó”. Puede que muchos docentes reconozcan esta situación, pero sería demasiado sencillo decir que antes las familias y la escuela estaban siempre del mismo lado y que ahora dejaron de estarlo, porque la realidad escolar es bastante más compleja.
Lo que sí parece haber cambiado es la manera en que las familias y la escuela se relacionan con la autoridad. Hoy es mucho más común que madres y padres quieran saber qué ocurrió, pidan explicaciones, cuestionen una sanción o intervengan cuando consideran que algo no fue justo. Eso no es necesariamente malo. Preguntar, participar y defender a un hijo también forman parte de la responsabilidad familiar. El problema aparece cuando el diálogo se convierte en descalificación, cuando se niega de entrada la palabra del docente o cuando, en lugar de ayudar al estudiante a asumir lo que hizo, el adulto intenta resolver las consecuencias por él.
Que una familia cuestione una decisión de la escuela no significa automáticamente que esté desautorizando al maestro. De la misma manera, que un docente ponga un límite no significa que tenga siempre la razón. La relación entre ambos necesita algo más difícil que simplemente “ponerse del mismo lado”: necesita confianza, comunicación y la capacidad de hablar de los problemas sin convertir cada desacuerdo en una pelea.
La investigación educativa respalda precisamente la importancia de esa colaboración. La OCDE ha encontrado que la comunicación entre familias y docentes y el apoyo que los estudiantes reciben tanto en casa como en la escuela están relacionados con mejores condiciones para el aprendizaje. Que una familia participe poco en las actividades escolares no necesariamente significa que no le importe la educación de su hijo. Puede haber falta de tiempo, horarios de trabajo, dificultades para acercarse a la escuela o, incluso, confianza en que los docentes están haciendo su trabajo.
Por eso, quizá el problema no sea que las familias hayan dejado de respaldar a los maestros, sino que ya no podemos dar por hecho que casa y escuela entienden de la misma manera qué significa poner un límite. Y eso se nota todos los días en situaciones muy concretas, por ejemplo, una tarea que no se entregó, una falta de respeto en el salón, una pelea durante el recreo, una calificación que provoca molestia o un alumno que llega a casa contando solamente la parte de la historia que le conviene.
Cuando ante una situación así el adulto pregunta primero “¿qué pasó?” en lugar de asumir inmediatamente que su hijo tiene la razón, ya está ayudando. Y cuando el docente también puede explicar lo ocurrido sin colocarse en una posición de autoridad incuestionable, la relación cambia. El objetivo no tendría que ser que los padres “obedezcan” al maestro ni que los maestros cedan ante cada reclamo familiar. Se trata de que el estudiante encuentre adultos que puedan escucharse entre sí y, cuando sea necesario, poner límites sin humillarlo ni justificarlo todo.
Porque un niño o un adolescente necesita límites, sí, pero también necesita aprender que las decisiones tienen consecuencias, que puede equivocarse y que hacerse responsable de lo ocurrido forma parte de crecer. Si cada vez que aparece un problema un adulto corre a rescatarlo, difícilmente aprenderá a enfrentarlo. Pero si la escuela castiga sin escuchar y la familia defiende sin preguntar, tampoco estamos enseñándole responsabilidad.
Tal vez la discusión que necesitamos no sea quién tiene más autoridad, si la familia o la escuela. La pregunta más importante es qué estamos haciendo los adultos cuando un estudiante se equivoca. ¿Estamos ayudándolo a comprender lo que hizo y reparar el daño, o simplemente estamos buscando a quién culpar?
Una cosa es verdad, cuando casa y escuela dejan de hablarse, quien queda en medio no es el maestro ni el padre: es el estudiante.
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