21/06/2025
Los Años del Lobo.
– Cuando aprendí a andar solo, con hambre, con miedo, pero con rumbo –
En la vida hay etapas que no se narran con palabras…
se entienden solo si alguna vez te tocó caminar con la panza vacía y el alma rota.
Después del despertar, no vino la calma.
No vino el éxito, ni los aplausos, ni el reconocimiento.
Vino el silencio.
Vino la soledad.
Vino la selva.
Ahí entendí que el fuego interno no basta si no lo sabes convertir en dirección.
Mis amigos desaparecieron,
los “sabios” que me juzgaban no ofrecían soluciones,
y mamá seguía esperando que yo fuera un adulto sin haber sido niño.
Fue entonces cuando desarrollé mi olfato de lobo.
Aprendí a identificar el peligro por instinto,
a confiar en mi intuición,
a desconfiar de los aplausos falsos
y a no emocionarme con promesas vacías.
Aprendí que no todos los que te abrazan te quieren,
y no todos los que te ignoran te odian.
Me volví táctico, analítico, desconfiado, pero no amargado.
Y eso es difícil, porque en la calle,
la amargura es tentadora:
te da una armadura…
pero te roba el alma.
Yo elegí no pudrirme.
Elegí observar, callar, absorber,
y mientras los demás bailaban en fiestas ajenas,
yo tejía el mapa de mi propio reino.
Comía poco, dormía mal, soñaba fuerte.
Soñaba con un lugar donde mi historia no diera pena,
donde mis errores no fueran cadenas,
donde pudiera ser padre sin repetir los patrones,
líder sin repetir los gritos,
hombre sin tener que ser cruel.
En esos años viví traiciones, fraudes, desprecios, hambre…
Pero también descubrí algo que me cambió para siempre:
> “Mientras tú mismo no te abandones,
el universo nunca te dejará sin camino.”
Sí, estuve perdido.
Pero nunca me rendí.
Caminé como lobo: sin manada, sin aplausos, sin techo…
pero con mirada de fuego y un pacto interno irrompible.
Ahí, en ese desierto, se empezó a forjar el hombre que hoy escribe.
El que ya no busca permiso.
El que aprendió a cazar con hambre,
a resistir con elegancia,
y a amar sin miedo… pero con fronteras.