17/09/2013
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NO IMPULSEMOS EL “PETRONACIONALISMO”
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, con ; , con y , con , han tenido experiencias desastrosas al administrar las empresas de explotación de en sus respectivos países. Esperemos que lo mismo no se repita en el , con el debate nacido a partir de la de .
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REFINANDO LA REFINERÍA: POR QUÉ INVERTIR EN TALARA RESULTA UNA MALA IDEA
Por Ramón Abásolo
Presidente del Instituto de Estudios Estratégicos
Hace unas semanas, el ministro de Energía y Minas, Jorge Merino, anunció el plan para modernizar la refinería de Talara, en el marco del Proyecto de Modernización del que dicha refinería sería objeto (PRMT). Merino manifestó que la primera etapa se financiaría con los ingresos actuales de Petroperú, dejando abierta la posibilidad de que todo el proyecto sea llevado a cabo de la misma manera.
Explicó que venía trabajándose el esquema de financiamiento para la primera etapa con el Ministerio de Economía y Finanzas, y que la segunda sería financiada con los flujos futuros de esta petrolera estatal. La inversión directa, según este funcionario, sería de US$ 2,730 millones, mientras que la inversión de servicio ascendería a más US$ 750 millones.
A partir de ahí se ha abierto un abanico de opiniones a favor y en contra de la polémica decisión de modernizar y ampliar esta refinería, los cuales inciden en la prudencia de invertir tales sumas de dinero en un proyecto cuya rentabilidad no está plenamente garantizada y cuyo costo de producción podría duplicarse al final del mismo. Cabe acá, por consiguiente, no intervenir en dicha discusión, sino analizar la conveniencia (o, más bien, inconveniencia) de mantener e incrementar la presencia estatal en este sector económico, tomando como punto de comparación experiencias sucedidas en algunos países de la región.
Petrobras de Brasil, Petróleos Mexicanos (PEMEX) y Petróleos de Venezuela (PDVSA) son ejemplos instructivos de cómo la intervención estatal constituye un gran riesgo en cuanto a postergar valores de productividad y eficiencia, y de cómo el Estado puede convertir a las compañías –en este caso petroleras– en organizaciones incompetentes e insostenibles en el tiempo (Roger Noriega, Latin American energy monopolies: Boom or bust?).
Durante años, Petrobras ha sido considerada como el paradigma del management estatal, de cómo un Estado debe dedicarse a manejar una compañía. Petrobras es una entidad de propiedad del Gobierno que coexiste con la inversión privada y la competencia. Lo cierto es que la producción y rentabilidad de Petrobras se están quedando bastante lejos de las expectativas que muchos habían tenido. Inversionistas que alguna vez creyeron que tendría el potencial para convertirse en una de las más rentables compañías de petróleos en el mundo, están hoy desilusionados. ¿Olvidaron acaso la lección más importante sobre las empresas latinoamericanas intervenidas por el Estado? Los políticos las utilizan para impulsar sus agendas políticas de corto plazo y no preocupan por beneficiar a las mismas compañías y su rendimiento, a sus inversionistas o incluso a la salud económica del país.
Irónicamente, PEMEX intenta ahora emular el híbrido modelo de negocios de Petrobras, que ha probado ser ineficiente para obtener inversión y tecnología. Hace algunos días, el mandatario mexicano, Enrique Peña Nieto, presentó uno de los proyectos más ambiciosos de su gestión: una reforma energética, que supondrá la modificación de artículos de la Constitución. El objetivo de Peña Nieto es poner fin a la prohibición de inversiones privadas en PEMEX, cuya producción ha caído bruscamente en los últimos años; para incrementar la cantidad de barriles de petróleo que produce. Esta reforma propone iniciar contratos de utilidad compartida con compañías privadas que colaborarán en exploración, extracción y refinación de petróleo.
Pero incluso aquellas soluciones híbridas “innovadoras” –mediante las cuales algún capital privado, empresas y competencia son bienvenidos en la actividad empresarial del Estado–, como las que propone el presidente mexicano, han probado estar lejos de lograr el objetivo de producir una industria saludable y dinámica. Mientras el Estado mantenga una influencia directa en la “compañía nacional de petróleo”; el clientelismo, los impuestos excesivos, la politización, los problemas sindicales y la corrupción, reducirán las posibilidades de esa empresa para competir, convirtiéndola en un lastre económico, político y social cada vez más difícil de sostener. En ese momento, los entes reguladores y los políticos de turno preferirán adoptar políticas que restrinjan el sector petrolífero a uno en el que una sola empresa estatal tenga cabida, antes que asumir compromisos de apertura que permitan la competencia de privados nacionales o, peor aún, de extranjeros.
Y ese mismo es el caso de PDVSA, el gigante venezolano que ha logrado convertirse en un cuento cuya moraleja permite identificar las peores taras a las que el Estado puede someter a una empresa. Lamentablemente, PDVSA ha sido consumida por la agenda política de su Gobierno y ha quedado irremediablemente abatida por la ineficiencia y la corrupción.
En momentos en los que la economía del Perú requiere aplicar todos los esfuerzos para mantener un nivel de crecimiento comparativamente alto, destinar grandes recursos y empeños para modernizar y ampliar la refinería de Talara tal vez no sea la mejor de las ideas. De seguir por esa vía, todo parece indicar que se estará ingresando a uno más de los probados procesos de “petronacionalismo”, publicitado mediante la exaltación de un patrioterismo emblemático pero inconducente. Eso en vez de fortalecer otros valores nacionales como la prudencia en el gasto, la eficiencia y el combate contra la corrupción; valores que el Gobierno, al menos en este caso, prefiere no tener.
Publicado por COMEXPERU
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