31/08/2022
“Una Verdad Inconveniente”. Capítulo 21. Artículo 2. Confesión de Fe de Londres de 1689 -.
El presidente Abraham Lincoln firmó la Proclamación de Emancipación el 22 de Septiembre de 1862. En el momento en que entró en vigencia el 1 de Enero de 1863, todos los esclavos que vivían en la Confederación eran legalmente libres, pero hasta que no supieran de su libertad, esta declaración no podría tener ningún impacto en sus vidas. De hecho, los soldados de la Unión llevaron cientos de miles de copias de la proclamación y las repartieron a medida que avanzaban por el Sur durante la guerra, pero evidentemente, se podría decir que incluso meses después que el edicto fue proclamado, muchos no tuvieron acceso a esta libertad decretada, y en un sentido eran esclavos aun cuando su condición y posición legal hubiese cambiado en toda la nación.
Existe una idea y también una enseñanza detrás de todo esto, y es que el hombre puede ser libre, puede ser redimido y al mismo tiempo vindicado en una posición que él mismo ni siquiera conoce, pero algo mucho más terrible y horrendo es precisar conocer que tenemos esta libertad, abrazándola tal y como la hemos recibido, por gracia y misericordia, y a pesar de todo esto, de forma voluntaria corramos al lazo y a las cadenas de los hombres, quizá buscando de forma equivocada una mejor dirección espiritual, o tal vez procurando hacer las cosas de la mejor manera para ser guiados y ayudar a otros.
Una de las cosas que frecuentemente no se enseña y poco se profundiza respecto a la obra “activa” del cumplimiento de la ley, fue la misma manera en cómo el Señor Jesucristo purificó dicha ley, liberándola de las nefastas tradiciones de los hombres, limpiándola de los trapos de inmundicia que fueron colocados para hacerla declinar en su esplendor. “Oísteis que fue dicho” eran sus palabras, mientras su pronunciamiento retumbaba como eco: “pero yo os digo”, desde probablemente el monte de Eremos en dónde Jesús cual Moisés descendiendo de Sinaí, hacia retumbar y resonar como viento de ráfaga sobre la hierba, los árboles y las laderas, al momento que proclamaba su verdad eterna y perdurable como la luz de la aurora, y en este concierto como Mateo lo redacta en magnífica realidad: “Abriendo su boca enseñaba”. La ley en vida, el adán vivificante, el verbo, la simiente prometida que cumpliría de una vez y para siempre todas las estipulaciones de la ley, con poder y gloria despojó las vestiduras y harapos mohosos de las supuestas justicias de los hombres, para ubicar y establecer en su lugar la Palabra infalible e inerrante del Señor. Es menester ahora recordar, tal y como lo recuerda la Confesión de Londres de 1689 sobre la libertad de conciencia, capítulo 21 y artículo 2, y cito textualmente:
“Solo Dios es Señor de la consciencia, y la ha dejado libre de doctrinas y mandamientos humanos que de algún modo sean contrarios a su palabra o no estén contenidos en la misma. De manera que creer tales doctrinas u obedecer tales mandamientos por motivos de conciencia es traicionar la verdadera libertad de conciencia, y el requerir fe implícita o una (obediencia absoluta y ciega) destruye tanto la libertad de conciencia como la razón”.
Para lo que nosotros, los que nos sujetamos y adoptamos dicha confesión, no sólo haremos bien en seguir sus instrucciones, estipulaciones y correctas interpretaciones de acuerdo y conforme a la Palabra de Dios, sino que nos animaremos y motivamos en la protección, cuidado y revisión del cumplimiento de dichos estatutos, de manera, que aquellos que haciéndose llamar “bautistas reformados”, o sosteniendo dichas confesiones, se priven y abstengan de deshonrar esta confesión y manchar el testimonio de Cristo a través de las imposiciones, deliberadas injerencias y divisiones causadas en el supuesto “Nombre de la Verdad”, o en alguna forma de gobierno eclesiástico que sea más un reflejo de la jerarquía romanista y papista que de la auténtica y genuina fe particular de los que por el testimonio de la Palabra se han reunido para vivir el Evangelio y proclamarlo en su comunidad local.
Un llamado de atención a todos aquellos hombres que quieren glorificar a Cristo, servir a la iglesia que es su cuerpo y proclamar el verdadero evangelio, una recomendación y un mensaje de aliento: “No confundas el llamado de esclavitud al Señor Jesucristo con el llamado de esclavitud hacia los hombres”.
No confundas el llamado de sujeción y sumisión al Señor y Rey glorioso y a su Palabra que a la sujeción ciega y absoluta de la conciencia a los sistemas y el renombre o fama del ministerio del momento, considérate en la medida de Cristo y encontrarás pronto consuelo. Si Cristo te ha hecho libre no procures enlazarte en la esclavitud de los hombres y sus tradiciones, sistemas o metodologías. Una iglesia con principios reformados es “naturalmente” dinámica y no estática pues procura estar en constante reforma según la Palabra de Dios.
Finalmente cierro con el capítulo concluyente de la “Primera y Original Confesión de Fe de Londres, según el Año 1644”, siendo este un capítulo central en su redacción con vital interacción y relevante lugar para nosotros hoy y cuyas palabras reflejan la tonalidad también sosegada con la cual en modestia prudencia sus proponentes redactaron, no insinuando conocer todo e incluso abiertos a la palabra de Dios y rechazando todo sectarismo doctrinal o arrogancia extrema, sino más bien apegándose a la voluntad de Dios y su misericordia, confiaron y sostuvieron:
“También confesamos que sabemos pero en parte, y que ignoramos muchas cosas que deseamos y buscamos saber: y si alguno nos mostrare esa parte amiga para mostrarnos (algo) de la Palabra de Dios que no vemos, buscaremos tener motivos para estar agradecidos con Dios y con ellos. Pero si alguno nos impone algo que vemos que no es mandado por nuestro Señor Jesucristo, debemos en su fuerza, más bien abrazar todos los vituperios y torturas de los hombres, ser despojados de todas las comodidades externas, y si fuere posible, morir mil muertes, antes que hacer nada contra la más mínima tilde de la verdad de Dios, o *contra la luz de nuestra propia conciencia*. Y si alguno llamare herejía a lo que hemos dicho, entonces reconocemos con el Apóstol, que como ellos llaman herejía, adoraremos al Dios de nuestros Padres, rechazando toda la herejía de ellos (con razón así llamada) porque son contra Cristo, y ser firmes e inmutables, abundando siempre en la obediencia a Cristo, sabiendo que nuestro trabajo no será en vano en el Señor” – (1 Corintios 1:24).
Capítulo Final (Conclusión) Confesión de Fe de Londres de 1644.
Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. Gálatas 5.
Christian Nartatez.